Titiritero

Ahí pone algo de ETA

Mientras aún me sacudo los papelillos e intento quitarme el colorete de la cara, escucho en la radio algo sobre que han detenido a dos titiriteros por enaltecimiento del terrorismo. Ayer fue domingo, el día grande del Carnaval de Cádiz, y, claro, creía que era un problema de mi resaca. No podía ser cierto que el mismo país que se había volcado en la defensa de una de las publicaciones con peor gusto que existe, Charlie Hebdo, se rasgase ahora las vestiduras por un cartel en el que ponía algo relativo a ETA.

«Gora Alka-ETA». Dado lo absurdo del asunto, más que una noticia parece un cuplé de los que se pueden escuchar estos días por los rincones de Cádiz. Ahora mismo hay dos jóvenes en prisión provisional sin fianza, la medida más dura que existe en nuestro ordenamiento jurídico, pues supone privar de libertad a una persona sin aún haber sido condenada por un juez. Una medida excepcional que sólo ha de aplicarse en casos extremos, y nada hace pensar que la representación de una obra de títeres pueda suponer una amenaza tan grave para la sociedad como para que se aplique esta medida.

Si no, Jacinto Benavente debería haber corrido la misma suerte cuando representó en 1912 “Las diabluras de Polichinela”. Por no hablar de los responsables de contenidos televisivos que amparan la emisión de tantas películas en las que mueren y son violadas personas, con o sin motivaciones políticas, frente a los ojos de los niños que las contemplan desde los sofás de sus casas. Aunque claro, en estas no pone nada de ETA.

Pareciera que los carnavales no hubiesen empezado la semana pasada, sino muchos años atrás, en el momento en que perdimos la cordura colectiva y nos dejamos llevar por nuestra particular guerra contra el terror. No hay mayor generador de consenso en este país que la palabra ETA. Todo lo que toque, real o imaginariamente, suscita de inmediato un suspenso del juicio que elimina cualquier gama de grises. Blanco o negro, o con ellos o con nosotros: si dudas en la elección del bando te vueles automáticamente sospechoso. La racionalidad se diluye en un magma de emociones cainitas que nos devuelve a la Edad de Piedra. El necesario disenso que toda sociedad democrática ha de salvaguardar en pos de la libertad se convierte en un acto subversivo objeto de persecución. Nada ni nadie puede quedar en la zona de los grises.

Antaño los antifaces eran los únicos escudos desde los que ejercer la sátira contra el poder despótico, una tradición que se fue haciendo innecesaria gracias a la conquista de las libertades civiles y políticas. Sigamos dudando de los consensos exprés y de las narraciones que evitan los grises, ya que sin esa sana costumbre de desconfiar del poder, nos iremos deslizando, tristes y solitarios, hacia el totalitarismo canalla del blanco y negro.

Sacad vuestros coloretes y pintad el consenso de color, porque estamos en carnaval y los antifaces son más bonitos cuando sirven para alegrarnos las caras antes que para hacernos libres.