Bye Bye Bipartidismo

El bipartidismo en caída libre

Las Elecciones Generales de 2015 pasarán a la historia por múltiples motivos. Las expectativas generadas en torno al 20 de diciembre eran muy altas, aunque cada sector del panorama político y social del país las acomodaban a su marco de interpretación de la realidad. Se ha hablado de cambio, de cambio responsable, de cambio cambio, de ir en serio, etc. Incluso se han abierto muchos temas que parecían tabú para nuestra cultura política, como, por ejemplo, la posibilidad de iniciar una reforma constitucional. Opción que, tras el resultado de las elecciones, será prácticamente imposible.

La campaña electoral pasará a los temarios de las facultades de ciencias sociales. El altísimo número de indecisos recogidos en las encuestas abrió una lucha sin cuartel por captar el voto de los que aún dudaban. La profecía autocumplida de la Remontada de Podemos no se entiende sin este panorama de efervescencia política sazonada de incertidumbre. Ni tampoco sin el debate más vivo de la democracia. Las altas expectativas que había en torno a Ciudadanos jugaron a favor de un Podemos que parecía desinflarse: Rivera no estuvo a la altura y Pablo Iglesias salió reforzado cuando parecía que eso ya era imposible. Nunca un debate fue tan decisivo ni tan injusto. Alberto Garzón fue el gran ausente –con el permiso de Mariano Rajoy–, dándole así el golpe de gracia a una Izquierda Unida injustamente ignorada. ¿Alguien recuerda que fueron la tercera fuerza política del país?

Todo apuntaba a que íbamos a vivir una jornada electoral muy intensa con una altísima participación. Aunque al final la participación no estuvo al nivel de lo esperado. El primer avance de las 14:00 arrojaban unos datos que iban en la dirección opuesta a lo que las encuestas indicaban: 0,9 puntos por debajo de 2011. Quizá el frío hizo que muchos esperasen a salir a votar, pues el dato de participación subió e hizo que superase a la de los anteriores comicios en un punto y medio. Finalmente más personas votaron, pero no tantas como se esperaban. Aquí habría que introducir el factor emigración: no son pocos los que han tenido que abandonar el país por la crisis económica, ni tampoco han sido menores las trabas administrativas que estos emigrados han sufrido para poder ejercer su derecho al voto.

Pero sí hay un pronóstico que se ha cumplido, y quizá sea uno de los más importantes en la historia de nuestra democracia. Nos hemos levantado esta mañana sin saber siquiera si podrá formarse gobierno, ya que la conformación del nuevo Parlamento arroja un equilibrio entre formaciones políticas nunca antes visto: los dos partidos más votados a penas aglutinan el 50% de los votos emitidos. Se trata de la cifra más baja desde 1977.

No sería técnicamente preciso afirmar que nuestro sistema de partidos es bipartidista. Basta con ver la composición de los anteriores parlamentos para apreciar que hay muchos más partidos vivos e influyentes a parte del Partido Popular y el Partidos Socialista Obrero Español. Los partidos de los llamados nacionalismos periféricos han jugado, en varias ocasiones, un papel decisivo en la gobernabilidad del país. A esto habría que sumar la existencia de subsistemas políticos –a nivel autonómico– en los que existe una mayor pluralidad de organizaciones políticas y en los que se llega, incluso, a invertir la correlación de fuerzas que se da a nivel estatal; por lo que hay que reconocer que no tenemos un sistema bipartidista, aunque con un gran pero: la evolución del sistema de partidos estatal y la paulatina tendencia al presidencialismo han ido conformando una cultura política que funcionaba como si estuviésemos viviendo bajo un bipartidismo indudable.

Fuente: Ministerio del Interior. Elaboración propia.

Fuente: Ministerio del Interior. Elaboración propia.

Este viaje hacia el bipartidismo comienza en 1989, momento en el que se inicia un ascenso incontestable de las dos principales fuerzas políticas del país. El nacimiento del Partido Popular permitió iniciar la lógica bipartidista, reduciendo la lucha política a una confrontación entre uno u otro: la derecha contra la izquierda. Esta situación simplificó mucho la comprensión ideológica de la política, o estabas con los azules o con los rojos, e hizo que el parlamentarismo pareciese un presidencialismo. En vez de votar a representantes parlamentarios (los cuales, a su vez, decidirían quién formaría gobierno), las elecciones se convirtieron en una lucha personalista entre dos candidatos. La ciudadanía ya no votaba a un partido, sino a un presidente del gobierno: Aznar o González, Almunia o Aznar, Rajoy o Zapatero, Rubalcaba o Rajoy… Así, en las sucesivas elecciones, los dos partidos se fueron haciendo más mayoritarios y aumentaron su peso relativo entre los votos emitidos. La simplificación bipartidista se había enraizado en la cultura política, haciendo que sólo dos fuerzas acumularan el grueso de los votos. El cénit de este bipartidismo llegó en 2008, momento en el que PP+PSOE sumaron el 83,81% de las papeletas depositadas. Hasta que llegó el 15M.

Las elecciones de 2011 fueron las primeras después de una amplia movilización social cuyo lema aglutinador era «no nos representan». Y parece que esto tuvo efecto en la representación institucional, pues el bipartidismo bajó más de diez puntos. El resto de la historia la conocemos, aunque aún está por ser narrada para que podamos comprenderla con claridad. El «no nos representan» y su fuerte carácter apartidista dio paso, increíblemente, al «sí se puede». Podemos le comió terreno al PSOE por la izquierda y dejó a IU sin grupo parlamentario propio. Ciudadanos convenció a muchos de que eran el partido nuevo que podía sustituir al PP. Y así el bipartidismo de los socialistas y los populares entró en caída libre: bajó más de 20 puntos con respecto a 2011 y pasó de aglutinar a más del 80% del voto en 2008, a un pírrico 50,73% este domingo.

Esto ha dejado al parlamento enladrillado, veremos si habrá un desenladrillador que lo desenladrille, o si tendremos que volver a las urnas anticipadamente. Sea como fuere, nada nos garantiza que el bipartidismo no vuelva, ya que, en el fondo, este aún sigue muy presente en la cultura política y en el modo de comprender el funcionamiento de las elecciones. A pesar de los esfuerzos de Podemos y Ciudadanos por desmarcarse de esta lógica bipartidista, no han conseguido descolgarse totalmente de este marco de significados: no en vano muchas personas ven a estos partidos como los relevos generacionales del PSOE y del PP. ¿Estaremos ante el nacimiento de un nuevo bipartidismo de rostro amable? Quién sabe, en la era de la nueva política todo es posible, incluso que nada cambie.

Texto publicado originalmente en DisparaMag